domingo, 24 de octubre de 2010

La iglesia de San Miguel en Jerez de la Frontera

En recuerdo
de la visita que guié
a la Casa de Extremadura
de Alcalá de Guadaira


0. Origen

En 1.230 en las afueras de Jerez se libró una batalla entre el infante don Alonso (hermano de Fernando III el Santo) y el reyezuelo moro local Aben Hud. La leyenda cuenta la intervención milagrosa de Santiago y San Miguel auxiliando a las tropas cristianas, que, muy inferiores en número, lograron una victoria completa.



En el lugar había una ermita que más tarde Alfonso X el Sabio, en agradecimiento, dedicó a la advocación de San Miguel, reservando la de Santiago para otra ermita que había en el camino de Sanlúcar.



Un siglo después, tras la batalla del Salado y el fin de la amenaza musulmana, la población creció fuera de las murallas originando arrabales junto a dichas ermitas, las cuales acabaron siendo sustituídas por iglesias parroquiales.

1. La fachada

La abigarrada torre-fachada, compuesta de cuatro cuerpos, fue levantada entre 1.672 y 1.701 por Diego Moreno Meléndez, jerezano al que también se le debe la traza y primera dirección de la catedral.



El primer cuerpo, que forma pórtico con arco de medio punto, lleva columnas dóricas pareadas de estilo barroco colonial y, en los intercolumnios, esculturas de los Padres de la Iglesia; el interior, decorado con el mismo criterio, contiene imágenes de los Evangelistas (debidas, como aquéllas, a Francisco Gálvez, autor también de las esculturas de la fachada de la iglesia de la Cartuja y del retablo de la Merced).

El segundo cuerpo presenta dos columnas corintias ornamentadas y jarrones barrocos;



el tercero lleva unas pilastras empotradas y el cuarto es la torre polígona con roleos y chapitel de azulejos (Fernández Lira quiere verlos con estilo precubista).



El conjunto responde al estilo plateresco-viñolesco, según Shubert.

2. Las portadas

Portadas laterales: Se levantaron en dos años, de 1.482 a 1.484. Dentro del gótico terciario (propio del casco general del edificio), son de tipo borgoñón: situadas entre contrafuertes (que soportan arbotantes), el vano rectangular está delimitado por pilastrones laterales. Se decoran con repisas y doseletes; el arco es apuntado, con un tímpano muy desarrollado decorado con tracerías y trasdosado por gabletes curvilíneos. La de la epístola



se llama de la Inmaculada y la del evangelio, de San José por las imágenes barrocas puestas en el siglo XVIII.

El exterior del edificio ha sido mutilado particularmente; nada existe de su crestería ni de sus primitivas gárgolas, sustituídas por groseros canalones de barro.



Portada del Sagrario: Tiene columnas corintias, llevando en su entablamento estatuas que representan en un nicho al Buen Pastor y a sus lados, dos alegorías del Viejo y del Nuevo Testamento; sobre su frontón la Fe y a sus lados, dos alegorías eucarísticas.

3. El edificio

El edificio se comenzó, con estilo gótico isabelino, en 1.482.

En su interior el templo, con planta rectangular casi de salón (por influencia de la catedral de Sevilla), tiene tres naves de casi igual altura formando una cruz latina y ábside de cinco lienzos (diseñado por Alonso Rodríguez, el cual trabajó también en la iglesia de Santiago y en el crucero de la catedral sevillana); Diego de Riaño cerró el crucero en 1.525.

El techo lo sustentan ocho bellísimos pilares. Los cuatro de los pies son cilíndricos con base poligonal y llevan delgados baquetones muy separados entre sí, rematando en capiteles anillados, al gusto renacentista. Los cuatro próximos al altar están decorados desde las bases hasta las bóvedas con doseletes, cardinas y otras formas vegetales, molduras geométricas y animales, naturalistas y fantásticos; son diferentes entre sí, siendo más cercanos al Renacimiento los de la Epístola, donde una banda está decorada con “candelieri” alternando con otras franjas tardogóticas. Estas decoraciones están influídas por la catedral de Plasencia.
Las bóvedas del cuerpo



son cuatripartitas y la del crucero,



estrellada con nervios angrelados (o dentados) renacientes.

En las claves y cascos de las capillas laterales se ven adornos y figuras del estilo renacentista.

En el siglo XVIII la iglesia fue blanqueada y desde 1866 a 1880 la restauró desinteresadamente José Esteve (autor del Mercado Central y restaurador asimismo de San Juan de los Caballeros).

La solería era de barro cocido antes de la actual, de mármol, colocada a fines del XIX.

4. Ventanas

El templo recibe luz por veintitrés ventanas ojivales decoradas con variadas lacerías; en las seis de la nave principal está representado el apostolado y en las dos del ábside, que son de arco y no ojivales, San Miguel y San Gabriel.

Los cristales



fueron fundidos en el XIX por una fábrica de Tours, bajo diseño del pintor Jiménez y Aranda.

5. Retablo

Antecedente: Antes había en el ábside un retablo plateresco de piedra atribuído a Andrés de Ribera y cuyos restos subsisten. A ambos lados hay dos columnas de fustes cortados sobre ménsulas. A la altura del ático pueden apreciarse motivos de candelieri, querubines y balaustres. Las dos portadas gemelas renacentistas son de Hernán Ruiz II.

Descripción: El retablo actual, renacentista,



está trabajado en madera de haya y consta de tres cuerpos, con catorce columnas corintias de fuste entorchado y orden compuesto. Hay siete cuadros en altorrelieve de los que los de la calle del medio representan la Batalla



de los Ángeles, la Transfiguración y la Ascensión. Las calles laterales representan el Nacimiento, la Adoración, la Circuncisión y la Anunciación.



Hay ocho estatuas (cuatro en repisas, San Pedro, San Pablo, San Juan Bautista, San Juan Evangelista, y cuatro en hornacinas, Santiago el Mayor, Santiago el Menor y los Arcángeles Gabriel



y Rafael) y un gracioso templecito para Sagrario.
En la coronación se lee “Quis sicut Deus” (quién como Dios), interpretación de la palabra hebrea Miguel.



Cronología: En 1.613 Martínez Montañés inició la arquitectura del retablo, terminada en el 1.638. Terminados también por él los tres cuadros de la calle del centro y las figuras de los santos Pedro y Pablo, los dos Santiagos y las Virtudes del ático, renuncia, en 1.641, al resto de la obra en favor de José de Arce. El dorado y estofado fue de Jacinto Soto y la policromía, de Francisco Pacheco, de Alonso Cano y de Gaspar de Ribas, quien en 1.653 acaba totalmente la obra más completa de la Escuela Sevillana.

Valoración: Este retablo pertenece a la tipología de “retablo didáctico o catequético”. Es ejemplo de equilibrio y armonía entre su arquitectura y sus imágenes y constituye un punto central en la evolución de los estilos porque antes de él los retablos eran una sucesión de imágenes sobre estructuras enclenques y después se convirtieron en arquitecturas fantásticas donde las imágenes apenas cuentan. Es el más monumental entre los montañesinos, culminando la línea creada por su autor en Santiponce, y sigue la fachada palladiana de San Jorge Mayor en Venecia así como la fórmula del tratado de Serlio.
Si bien la imagen de San Pablo es más fina de ropaje y composición, la de San Pedro (fechada en 1.633) es una combinación de equilibrio junto a movimiento y expresión, preludiando el barroco. La “Batalla de los Ángeles” es de una serena belleza, en un tema que se prestaba a expresiones violentas, y líneas miguelangelescas en palabras de César Pemán; “es la última gran obra de Montañés, como su canto de cisne, en la que compendia su inmensa maestría y habilidad” en palabras de Hernández Díaz
El flamenco Arce, casado con una jerezana, trajo de Centroeuropa los influjos del Barroco rubensiano.
La policromía es primorosa hasta en los detalles más insignificantes, incluso en las partes más altas; baste fijarse en las bellísimas tarjas, de Gaspar de Ribas, situadas en el banco del retablo.
En palabras de Antonio Ponz (1.771) el retablo “es lo mejor de todo y cuanto se encuentra en Jerez por su término”; para Hernández Díaz “es uno de los más importantes del arte español del siglo de Oro” y según Caro Cancela “es una de las obras más interesantes de la retablística y de la escultura española”.

Anejos: A ambos lados del retablo se encuentran los relicarios en forma de pequeño armario, realizados en 1.699 por el jerezano Francisco Antonio de Soto. Los púlpitos proceden de la partición de uno, monumental, que diseñó el polifacético Moreno Meléndez.

6. Capilla del Socorro

En la nave lateral derecha, junto al presbiterio, está la capilla del Socorro, con baquetones y estrella mixtilínea propios del último tercio del gótico pero con bóveda muy original, por las figuras humanas pareadas con morfologías irreales que rellenan los internervios y simbolizan la lucha entre el Vicio y la Virtud. Sostenida por ángeles se lee en un tarjetón la fecha de 1.547, en que la remató su autor, Pedro Fernández de la Zarza. En un retablo decimonónico está la imagen neoclásica debida al valenciano Esteve Bonet, que también trabajó para la Cartuja y llegó a ser escultor de cámara de Carlos IV.

La pintura de San Cristóbal es del Padre Palma, maestro de “El Tahonero”. Debajo vemos un cuadrito del siglo XVI representando “La Piedad”, una copia de Zurbarán y un cuadro dieciochesco de “San Jerónimo”.

7. Lado del evangelio

Capilla de Santa Ana: En la cabecera, con retablo decimonónico, contiene al Crucifijo



de la Salud, de Arce, que lo terminó en 1.645; en esta imagen estilizada y serena la nota barroca está en la moña del perizoma, fuertemente ondulada por el viento (inspirada en Cranach y en Bernini). A los pies está enterrado Moreno Meléndez. La cubierta tardorenacentista se adorna con tondos vegetales.

Capilla de la Encarnación: Está a la izquierda de la anterior, donde se ubicó el primer campanario, y es la antigua del Sagrario (como atestigua la custodia sostenida por ángeles del arco de ingreso), con un mascarón en la clave del arco y bóveda de cañon acasetonada, construída en el XVI; la imagen, procesional, es del sevillano Castillo Lastrucci y la vidriera, moderna. Hay un cuadro dieciochesco y otro, representando al Crucifijo de la Salud, reciente.

Capilla del Sagrario: En el medio del muro abre su portada barroca, como arco de triunfo, compuesta de columnas corintias, envueltas en su parte baja en parras y racimos; en el tímpano hay una custodia y en el entablamento hay un bajorrelieve de la Última Cena, coronando la portada estatuas de Melquisedec (sacerdote veterotestamentario que ofrendó pan y vino al padre de los creyentes), San Miguel y David y pudiéndose decir que la decoración preludia la rocalla.
En su interior, con planta de cruz griega, forman la capilla cuatro arcos que sustentan la bóveda sobre la que se abre la linterna; su ornato consiste en columnas corintias con adornos churriguerescos (hojas de acanto, tarjas, veneras y querubines), todo de 1.718 a 1.739, con una gran unidad de concepto y estilo y con gran riqueza de materiales en una época que primaba el ladrillo y el yeso.



El retablo, de madera dorada, tiene dos partes; una forma un semibaldaquino y otra constituye el Sagrario, con dos cuerpos (Sagrario y templete con un San Miguel), por lo que es una expresión compleja del tipo llamado “retablo eucarístico”.
La autoría corresponde al arquitecto sevillano Diego Antonio Díaz, que había intervenido ampliamente en la catedral sevillana, y al tallista de madera Andrés Benítez, jerezano. Si bien la construcción del edificio fue costeada por la iglesia, esta capilla fue costeada por la Hermandad Sacramental.

Capilla del Pilar: A ella da paso un arco rebajado trasdosado por otro apuntado y decorado con cardinas; la bóveda es de terceletes. La imagen titular es de fines del XVI y “La Virgen de los Reyes”, de los años cincuenta. La pintura es de autoría o taller de Valdés Leal.

Cerca del muro de los pies está un cuadro de Rodríguez de Losada que representa la Oración en el Huerto.

8. Muro de los pies

Retablo de Ánimas: Está a los pies de la iglesia, atribuído a Pedro Roldán (su hija hizo el homónimo de San Lucas). Se trata de un altorrelieve muy grande rodeado de elementos arquitectónicos con un gran remate; el frontal es una magnífica labor de incrustación con piedras duras y semipreciosas.



La verja, de crestería y con profusión de curvas, es de hierro forjado y dorado.

Cancel: El diseño del cancel de la puerta principal se debe a José Esteve, así como el del órgano que está encima y forma un solo bloque con aquél en estilo neogótico.

Capilla bautismal: Se abre al lado y es la más antigua de la iglesia (y la probable ubicación de la ermita); su portada, de principios del XVI, es un arco rebajado coronado por moldura mixtilínea decorada con cardinas, flanqueada de dos esbeltas agujas o pináculos, todo bajo alfiz (con flores de lis), a semejanza del gótico cisneriano; también se emplean motivos de origen portugués (principalmente la moldura pentagonal). La bóveda, casi plana, es de crucería estrellada y recuerda al gótico flamenco; la pila, de mármol blanco se labró en el siglo XVII. La entrada al campanario se decora a juego.

9. Lado de la epístola

A continuación hay un cuadro de la Inmaculada,



del siglo XVI.

Capilla de San Pedro: Se abre frente a la del Pilar, con igual arcada e imagen dieciochesca del titular.

Capilla de los Pavón: En ella está el cuadro de Zurbarán “Santa Faz”



(un escorzo sobre bien tratado lienzo). El mármol rosa es el enterramiento del caballero veinticuatro Diego Pavón. El Cristo del tumulo es posterior al siglo XVI.

Portada de la sacristía: Esta portada plateresca se abre en el centro de la nave, con jambas de motivos preciosistas y adornada con dos columnas jónicas que sostienen un friso con decoración de grutescos y una máscara en la clave, bajo un balcón, con aire de arquitectura civil; el autor parece ser Andrés de Ribera. Las puertas, talladas al estilo Berruguete, representan en una hoja la Anunciación y en la otra la Adoración sobre motivos de tarja.

10. Antesacristía y Sacristía

La antesacristía, rectangular, tiene bóveda de casetones hexagonales y bajorrelieve en el centro con el titular como Arcángel Psicopompo.

La sacristía, cuadrada (con mayor profundidad en uno de sus arcos torales), es espaciosa y fue iniciada por Martín de Gaínza y terminada por Hernán Ruiz II. Su bóveda descansa en cuatro columnas corintias empotradas; las enjutas de los arcos torales llevan tondos de los Padres de la Iglesia y las pechinas, de los Evangelistas. Sobre las cornisas se inserta en cada lado un ventanal encuadrado por pilastras y uno está flanqueado por óculos (motivo representado en el tratado del propio arquitecto cordobés). En su cúpula, hay unos casetones con bajorrelieves, semiesferas vidriadas y la imagen policromada del Salvador en la clave. Se terminó en 1.564. Aunque seguidora del estilo de la sacristía de la catedral sevillana, ésta constituye uno de los hitos del manierismo: armonía de proporciones combinada con juego ilusionista del espacio y ambigüedad estructural.

En el retablo, tallado en el muro y antes policromado, hay un Cristo de principios del XVI, que presidió el presbiterio desde una viga, antes de instalar el retablo actual. Las cajoneras, de 1.725, fueron talladas por Diego Roldán (hijo de Pedro). El cancel fue traído desde la capilla del Sagrario; tiene maderas de ébano, pino de Flandes y cedro.

En el tesoro destaca la Custodia-Ostensorio, del jerezano Juan Laureano de Pina (autor de la urna de San Fernando en la Capilla Real de la catedral sevillana).

11.Despedida

Así termina un breve recorrido por el templo más valioso de Jerez y que mereció ser catedral, como se pidió durante mucho tiempo.

Agradezco a Jesús Caballero, Javier García y Jorge Tutor la aportación de fotos y a Manuel Romero Bejarano la información que me dio ya ni él se acuerda cuándo.












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miércoles, 6 de octubre de 2010

Tratado de Versalles hasta hoy

Este domingo, 3 de octubre, el Tratado de Versalles de 1919 ha quedado saldado con el último pago, de 69,9 millones de euros. El Tratado de Versalles fue una humillación para Alemania, que ha estado pagando hasta ahora, durante 92 años, las reparaciones y multas impuestas.

El Tratado de Versalles fue traumático para los alemanes. Las dificultades que aquella deuda causó a la economía sirvieron después de base para el descontento y la desesperación que llevaron a muchos a votar a Adolf Hitler.

En los alemanes quedó marcado el discurso con que su ministro de Exteriores alemán, Brockdorff-Rantzau, respondió cuando le fue expuesto por el francés Clemenceau el contenido de la cláusula 231, por la que el Tratado de Versalles identificaba a Alemania como única culpable de la guerra:

"Alemania hizo una guerra defensiva y me niego a que Alemania cargue con toda la culpa. Cuando empezaron ustedes a hablar de compensación les pedí que recordaran que tardaron ustedes seis semanas en entregarnos su armisticio y otros seis meses más después para formular sus términos de paz. Cientos de miles de ciudadanos inocentes alemanes, mujeres y niños que han muerto de hambre desde el 11 de noviembre de 1918 porque continúa el bloqueo, fueron llevados a la muerte deliberadamente después de su victoria y después de tener más que garantizada su seguridad. Les pido que piensen en ellos cuando hablen de conceptos como el de culpabilidad y castigo".

Francia ha sido el país aliado más beneficiado por las reparaciones económicas, que, además de la reordenación territorial, incluían la entrega de todos los barcos mercantes de más de 1.400 toneladas de desplazamiento y la cesión anual de 200.000 toneladas de nuevos barcos, además de la entrega anual de 44 millones de toneladas de carbón, 371.000 cabezas de ganado, la mitad de la producción química y farmacéutica, la totalidad de cables submarinos, etc., durante cinco años.

En cuanto a las multas, se exigió el pago inmediato de 132.000 millones de marcos-oro alemanes, cifra que Alemania no podía pagar puesto que doblaba sus reservas internacionales, y que aumentarían posteriormente hasta rondar los 300.000 millones de marcos oro.

Para afrontar los pagos, se endeudó hasta lo indecible y así comenzó la inflación que dio paso al hambre y a la desesperación, una experiencia histórica que explica el rigor con el que Alemania impone hoy en la UE políticas que mantengan la inflación a raya.

La hiperinflación de 1923 llegó unos extremos insostenibles para el pueblo alemán. Un dólar pasó a tener un valor en aquel año de 4.200 millones de marcos, el litro de leche, una barra de pan o un paquete de tabaco superaban los millones o billones de marcos. Además, los precios cambiaban constantemente a lo largo del día, los días en los que los trabajadores recibían su sueldo tenían que llevárselo a casa en carretilla e ir comprando algo por el camino porque sabían que, al día siguiente, todo aquel dinero no serviría para gran cosa.

Millones de alemanes quedaron arruinados y la desesperación se apoderó de ellos llegando en muchos casos al suicidio, mientras Francia presionaba para seguir cobrando y llegó a invadir, en 1923, la cuenca del Ruhr, para garantizar los envíos de carbón.

Alemania, ahora, parece haber sacado dos lecciones: nunca más guerra y nunca más inflación.




























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